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Una historia de acoso sexual en un antro de Zacatecas


Una historia de acoso sexual en un antro de Zacatecas

Por Alfredo Valadez

La sociedad de consumo neocapitalista, en la fase decadente en que se encuentra, arrastra a cientos de millones de personas que atrapó el sistema, con su modelo hedonista, ese que ha reducido la razón de vivir, al estricto derecho “a ser feliz”, no importa que sea de forma egoísta, esto es, independientemente de lo que tenga qué hacer para lograrlo, sin importar sus secuelas o los daños personales o a terceros.

El antro –ese sitio que surgió como “discoteca”, hace 40 años, precisamente cuando se comenzaba a imponer el neoliberalismo-, ha “evolucionado” en todos los países de occidente, afianzándose como lugar de reunión y esparcimiento juvenil, casi mágico, donde la mezcla de alcohol, cigarros o droga, música y luces estrambóticas, prometía una desenfrenada y orgásmica Fiebre de Sábado por la Noche, a todo aquel que cruzara sus puertas. La posibilidad de “contactar” a alguien, para alcanzar la cúspide, en el sexo.

¿Nada malo o sí? Bueno, siempre y cuando tengas dinero, mucho dinero, suficiente para ingresar a ese mundo, reservado para los que quieran tocar la felicidad, con relativa felicidad. (El sexo como una mercancía más, lamentaría Eduardo Galeano).

En el antro, a final de cuentas, eso se facilita, por un factor machista que el capitalismo siempre  antepuso en estos negocios: “disponibilidad” de mujeres. Si son jóvenes y guapas, “mejor”. Es más, durante muchos años, la fórmula de muchos “antreros” ha sido benévola: “Mujeres No Cover”.

¡Fantástico…! ¿No? La posibilidad del “sexo fácil”, con acceso a muchas mujeres -y en muchas ocasiones a hombres jóvenes, para quienes tienen esa legítima preferencia-, expuestos como mercancía, cosificados, acosados sexualmente ¿Por qué? Porque de eso se trata ahora. Además, hay todo un protocolo para ir al lugar. Hay que vestirse adecuadamente, de marca por supuesto. Gastar, comprar, invertir, un una buena ropa, un buen coche, una buena apariencia. De donde se consiga el dinero para ello, no importa. De algún lado tiene que venir.

La parafernalia y educación  estadounidense, por décadas, nos han impuesto con suavidad su “moda”, sus estilos en el vestir y en el bailar –como ocurrió con “el perréo”-, eso es lo “in”, aunque ya tenga varios años. Y vaya que fue muy exitoso el ejemplo, que entre otros, impusieron con sus clases públicas Jennifer López y El Pitbull.

Ocurre en todos lados, en cualquier ciudad del mundo occidental, que se precie de tener una vida nocturna de una calidad regular “para arriba”. Un antro que esté –por lo menos en la región-, a la vanguardia. El antro de moda. Y a eso Zacatecas no escapa. Porque también ésta ciudad tiene su sociedad “bien”, o que al menos, eso cree ser.

Una joven mujer me lo contó. Vivió la “experiencia” de acudir a un centro de acoso sexual, de moda. Salió del sitio sorprendida e indignada. ¿Mojigata? ¿Mocha? ¿Amargada? ¿Vieja? Pues no. Estudiada, sí es. Con posgrado. Tantos años de su corta vida, esmerada y dedicada al estudio, a la profesionalización y paralelamente al trabajo, que tenía bastante tiempo, desde sus épocas de preparatoriana, que no se daba una vuelta a un “buen antro”.

Pero ¿qué es lo que pasó, qué viviste? Le pregunté mientras nos tomábamos un café, en el contexto de un breve debate que sostuvimos, a propósito de la movilización feminista internacional, surgida en Santiago de Chile “El Violador eres Tú”. Y ante mis preguntas, ella me ofreció enviarme posteriormente, una carta breve –dos largas cuartillas-, con sus experiencias en el antro de moda de Zacatecas, a mediados de noviembre pasado. Reproduzco algunos de los párrafos que ella escribió, más contundentes:

“La palabra calma en este lugar no existe… En cada espacio del lugar hay mujeres jóvenes, ya sea en grupos grandes o pequeños; que han salido con la plena seguridad de volver a casa después de bailar, cantar y tomar mil ‘selfies’. Todas ellas comparten enemigos comunes: los hombres que, suponen consciente o inconscientemente, que ellas han salido para placer de ellos”.

“En cada espacio existe el mismo peligro para todas y no hay forma de que estén a salvo, ni aún caminando en grupo. Los acosadores se asoman aún sin ingerir alcohol. De forma natural, el acosador hace saber públicamente que la única forma que conoce de acercarse a una mujer es por medio de la violencia; de violencia disfrazada de cortesía valiente, de cortejo atrevido, de toqueteo sin consentimiento”.

Y surge además, una paradoja, prosigue la joven mujer indignada, sobre lo que le tocó presenciar: “El grupo de amigas aplaude la valentía del acosador, de haberse acercado y hacer alarde de su hombría, tal como ocurre en la música y videos que han hecho del ambiente del antro, el mejor lugar para estar”.

“El alcohol también está haciendo su parte, pues no existe más política dentro del lugar deseado, que vender alcohol desenfrenadamente. Bajo esa premisa, las meseras que aquí trabajan tienen que exponerse sobremanera, para cumplir el cometido de la noche, aunque eso implique tolerar ser tocadas, acariciadas y llamadas de formas inimaginables”.

“Sonriendo, ellas procuran mantener distancia de sus acosadores, pero sin que ello implique que puedan molestarse y dejar de consumir… en la barra, una mujer le insinúa a su amiga que acompaña si el trato que está recibiendo del hombre que la corteja, le es incómodo, a lo que la segunda contesta: ‘el hombre llega hasta donde la mujer quiere’. Esto es lo más cercano a la educación que todas y todos recibimos”.

“Así, los varones asistentes saben que su violencia, su acoso y sus ofensas son bienvenidas por las mujeres, mientras ellas no se quejen y, si se llegan a quejar, existirán otros métodos para que ella descubra que estos límites no son deseables, pues la consecuencia no es su integridad, sino el veto, el veto del sexo masculino al que ella está esperando complacer. ¡Vaya paradoja!”.

Esa es la historia. A final de cuentas, la culpa, no es exclusivamente de nuestros jóvenes. Los responsables de esta decadencia social, es de quienes, siendo responsables de gobernar al país, en las últimas tres décadas -por lo menos-, fueron tan laxos que permitieron que, paralelamente al modelo de saqueo neoliberal de nuestros recursos naturales, (y de “ocultar” su inmensa corrupción), se impusieran aquí modelos de “libre esparcimiento”, que han envuelto a nuestra juventud, en una vorágine decadente, que ellos sin embargo, miran como una oportunidad dorada, para ser efímeramente felices, cada fin de semana.  Aunque sea a costa del infierno de muchas mujeres, y también de algunos hombres. ¿Y el gobierno? AUSENTE: “Laissez faire, laissez passer”.

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