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Ni López Obrador, ni Evo Morales: América para los (norte) americanos


Ni López Obrador, ni Evo Morales: América para los (norte) americanos

Por Alfredo Valadez

Donald Trump, el gerente en turno del imperio estadounidense, comenzó la operación de repliegue a su territorio continental. Después de muchos meses de batalla y juego sucio, no pudo doblar a China en el escenario de la guerra económica y comercial global; y menos pudo imponerse a Rusia en la competencia tecnológica armamentista y la demostración de poder de fuego bélico. Esa es la realidad. U.S.A. perdió su hegemonía global.

En este contexto, el imperio yanqui volvió a las andadas: revivió su política de control y dominio sobre todos los territorios al sur de su frontera, al precio que sea. Donald Trump  no va a permitir que ningún país de Europa o Asia venga a apropiarse de los territorios, recursos naturales y comercio latinoamericanos, porque desde su perspectiva histórica, éstos le pertenecen a ellos, a los norteamericanos.

Se acabó el liderazgo unipolar estadounidense, para comenzar un nuevo orden tripolar a nivel global. No tendrá el Tío Sam ya el poder imperial para imponerse a nivel global, pero sí mantiene el suficiente músculo militar, político y económico, para proteger “su” continente.

A los norteamericanos anglosajones, no les interesa el bienestar de los habitantes de toda Latinoamérica. Lo que buscan es “proteger” y salvaguardar para ellos la gigantesca cantidad de recursos naturales del subcontinente: los mayores depósitos de agua dulce, bosques, flora y fauna, petróleo, gas, oro, plata, hierro, cobre, zinc, litio, etcétera.

La visión colonialista estadounidense está hoy más viva que nunca, y se ha dejado sentir con el Golpe de Estado instrumentado a través de la Organización de Estados Americanos (OEA), -y operado a través de militares y policías bolivianos golpistas-, contra el régimen democrático de Evo Morales, el presidente que en toda la historia moderna de Bolivia, ha logrado los mejores indicadores sociales y económicos de dicho país.

Pero eso es algo que no importa a Donald Trump y los intereses capitalistas que representa. Por eso de unos años para acá, la marca imperial U.S.A., a través de sus halcones y operadores,  reavivó su política injerencista, con abiertos tintes invasores, para entrometerse en la política interna de muchos países, conducir las “democracias” latinoamericanas, y si no puede, “meterles el pie” a varios líderes políticos incómodos al neoliberalismo yanqui:

La constante amenaza de invasión militar a Venezuela para derrocar a Nicolás Maduro; el encarcelamiento ilegal de Luis Inácio Lula Da Silva en Brasil, para evitar que se postulara y ganara una vez más las elecciones presidenciales de ese país (aunque recientemente demostró su inocencia y fue liberado); el fraude electoral de 2006 a López Obrador en México; y el respaldo al régimen neodictatorial de Sebastián Piñera en Chile, por mencionar sólo cuatro casos.

Y lamentablemente en todos estos países latinoamericanos, el Tío Sam ha encontrado cobijo y la reproducción de su voz –muchas veces violentamente-, entre los integrantes de la clase política de derecha, la oligarquía y muchos medios de comunicación latinoamericanos. Y son estos entes los mismos que hoy airadamente reclaman, a los cuatro vientos ¿Por qué Evo Morales se ha reelegido (democráticamente) y gobernó durante 14 años Bolivia? ¡Es un Dictador!

Pero son ignorantes, a conveniencia. Hoy esos mismos grupos de derecha, oligarcas y medios de comunicación al servicio de los capitales trasnacionales, “advierten” que cuidado, porque aquí en México, Andrés Manuel López Obrador podría intentar postulase y “reelegirse” en la presidencia, en el año 2004. Y hay toda una campaña mediática en contra de cualquier idea o interés en asuntos de reelección.

No se critica, sin embargo, a los países imperialistas, como los Estados Unidos de Norteamérica, Inglaterra, Alemania y Francia, donde la reelección presidencial sí se permite, y es lo más normal de sus regímenes democráticos. Sólo la alemana Ángela Maerkel, lleva en el poder más de 14 años, y Donald Trump está gobernando con una agenda primordialmente política electoral, para buscar la reelección al frente de U.S.A, en noviembre de 2020.

Pero para los miopes, el “peligro”, es que en América Latina los presidentes intenten reelegirse (si no son de derecha), y concretamente que López Obrador intente siquiera reelegirse. (No les importa si al final de su mandato, es o no un buen presidente).

Lo que preocupa a los intereses de  U.S.A, es que, por la vía de los hechos, el actual presidente de México, ya puso un “stop”, a la Reforma Energética, y no continuó la entrega de la riqueza petrolera a las compañías trasnacionales, que comenzó a hacer Enrique Peña Nieto.

A final de cuentas, el interés imperialista de Estados Unidos de Norteamérica, es imponer su política expansionista y colonialista, como lo han hecho desde siempre, tomando como base su política exterior para Latinoamérica: con la Doctrina Monroe, que en 1823 quedó sintetizada con la frase “América para los americanos”, elaborada por John Quincy Adams, secretario del presidente estadounidense de la época, James Monroe.

También querrán seguir instrumentando su visión del Destino Manifiesto, concepción elaborada por primera vez por el periodista John L. O’ Sullivan, quien en julio de 1845, planteaba que U.S.A. tenía que cumplir una suerte de mandato divino, para extenderse sobre todo el continente, literalmente, señalaba “que nos ha sido asignado por la Providencia”.

Con base en ese mismo principio, fue que en 1915, Robert Lansing, secretario de Estado en la administración del presidente estadounidense Woodrow Wilson (1915-1920), elaboró su pronunciamiento de carácter ideológico-imperialista, para eliminar lo que calificaba como “la amenaza del empoderamiento popular”, al sur de su país.

La respuesta estaba, pensó desde entonces, en ocupar y dominar a México, no directamente por parte de los estadounidenses, sino a través de nuestros gobernantes:  “México es un país extraordinario, fácil de dominar porque basta con controlar un sólo hombre: el presidente. Tenemos que abandonar la idea de poner en la presidencia a un ciudadano americano ya que esto llevaría otra vez a la guerra. La solución necesita más tiempo: debemos abrir a los jóvenes mexicanos ambiciosos las puertas de nuestras universidades y hacer el esfuerzo de educarlos en el modo de vida americano, en nuestros valores y el respeto al liderazgo de Estados Unidos. Con el tiempo esos jóvenes llegarán a ocupar cargos importantes, finalmente se adueñarán de la presidencia; entonces, sin necesidad de que Estados Unidos gaste un centavo o dispare un tiro, harán lo que queramos. Y lo harán mejor y más radicalmente que nosotros”

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