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Con la marea, mareada


Con la marea, mareada

Por Andrés Vera Díaz

Tras ver la oportunidad, tras subirse al barco que la llevaría a nuevo puerto, tras navegar por donde lleve la marea, tierra firme no se ve a la vista y la tormenta pegó de forma huracanada.

Boletines de prensa a modo, en torno a su figura, siempre anteponiendo su nombre, presencia y representación, ante la tibieza de la marioneta en la cabecera de la mesa, confiada en amistades dentro de los medios, la travesía parecía un paseo corto en La Encantada; Norma Julieta del Río, no de mares bravíos o rápidos espumosos.

Albergada la esperanza en una vigía comadrona, que arengaba su aventura como evocando a Colón, meses y meses de puro mar, no se ve la tierra prometida. En este caso no se vería. La neblina se ha convertido espesa, ya no se observa el rumbo y la brújula ha quedado magnetizada, tanto el sur como el norte son lo mismo, bueno, en realidad siempre lo fueron. Da igual García, Alonso, Tello, Monreal; da igual, la cuestión es llegar a puerto.

El transcurso comenzó aparantemente tranquilo, navegando entre marinos de medios de comunicación, alegando fortuna por el comadrazgo con una capitanía inexperta y manejando timones por interpósita persona. Marinera de agua dulce, con velas morenas llenas de agujeros. El viento no empuja con firmeza.

“Llegaremos a puerto”, decía la improvisada capitana. “Verás que en semanas, allá veremos el nombre del pueblo, ASE dice en letras fulgurantes”. Risa nerviosa, “Mientras tu sigue dando señales de ruta, las estrellas nos la marcan”. Nada, pasan los días, nada. No se avizora tierra, pequeñas islas insignificantes pasan invitando. No, ASE es el destino que nunca llega. La duda comienza a flotar alrededor, como una vorágine que amenaza inundar el barco. Pocos salvavidas en cubierta y ya están apartados.

Entre neblina, se escuchan rechinar los rumores de la tripulación. Mientras unos se aventuran en aguas agitadas, otros ya descansan en la villa ASE, casi seguros de que su reelección está negociada. El trono no ha sido heredado. Brito, el señor del puerto, apaga el faro para que el barco no sepa ni a donde va. Certeza mayor de que ni siquiera se arrimará a la bahía. Ha quedado a la deriva entre gritos desesperados –cabildeo- de una capitana que prometió esperanza en la tierra prometida.

Se ha dado cuenta del error, ha pagado el precio de los que se han subido a ese barco. Ya conoció la espesa neblina, cuyo grosos sólo deja entrar tenues rayos de luz a los cercanos, a los muy cercanos. El barco tiene una maldición, cien años de servicio a bordo para alcanzar la “redención”.

En puerto, el sol ha salido y no esperan tormentas furiosas, En el mar, ha quedado varada la esperanza. La ASE tendrá la misma capitanía.

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