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El silencio de los inocentes


El silencio de los inocentes

Por Andrés Vera Díaz

En uno de los países con mayor impunidad en el mundo, líder en América Latina; en una nación corrupta, violenta, desigual y en donde la clase política se pavonea recibiendo regalías de su vendido actuar, la voz parece el último recurso del ciudadano a pie para manifestar su desacuerdo, para realizar su catarsis y exigir promesas incumplidas.

La censura a los medios por berrinches infantiles de la clase política no hace más que demostrar que han decidido seguir practicando la misma forma risible de ser, de pensar, de hacer, vanagloriándose de su cargo, como si debiéramos rendirles pleitesía. Es el caso de la mayoría en la LXII Legislatura, que han optado por confinar a la prensa a una pequeña sala incómoda, limitando su labor informativa y ahorcando su espacio de acción. Todo, por fotografías poco explícitas sí, de diputados supuestamente dormidos en las sesiones. La respuesta fue más agresiva que la pérfida intencionalidad de periodismo barato y chismoso. Más conveniente era el derecho a réplica, pero no, la Comisión de Régimen Interno y Concertación Política optó por una decisión muy poco civilizada.

Argumentan seguridad en el Congreso, y es que varios hombres armados irrumpieron en el cubículo de la diputada panista Lorena Oropeza, al parecer, para tratar de inhibir su labor crítica contra la violencia en Zacatecas, hasta ahí se sabe del asunto; pero el pretexto es mal usado, los trabajadores más viejos del Congreso conocen perfectamente quienes cubren la fuente, desde hace varias legislaturas ya, que somos confiables y de fiar, en todo caso, para aquellos que reportean ocasionalmente y para evitar malos entendidos, entreguen una acreditación única con algún sistema de código de barras, intransferible y explícito. No, la respuesta al también balconeo de diputadas que llegan 15 minutos antes de terminar sesiones para invitar a fiestas de cumpleaños fue ridícula. Siempre pregunto yo  de forma coloquial a quienes me reclaman una crítica. “¿Quién la regó?, yo o usted”, de igual forma, siempre se quedan callados.

Ahora, la autocensura tampoco abona en nada el clima de apertura, transparencia y diálogo entre ciudadanía, medios y gobernantes. La decisión de Alejandro Tello para ya no opinar de todos los temas, sólo aquellos que sean de mucho interés público también propina un mal sabor de boca. No recuerdo en mis años como reportero, que algún Gobernador decidiera hacer mutis propio, si censuraban a medios, pero no realizaban la operación avestruz. Algunas declaraciones desafortunadas de Tello lo han orillado a la censura propia, pero no es culpa de los medios, la interpretación periodística es válida, así como en la política, las declaraciones tienen una consecuencia. Me parece que el Gobernador ha entrado en un estado de agobio ante la falta de ayuda de su gabinete. Parte del cuál, opera para sí mismo, no como un proyecto de gobierno, pero ahí es donde el liderazgo se impone.

Desde el inicio del sexenio, se había pugnado por conferencias de prensa semanales, de Finanzas, Seguridad, etcétera, pero fueron poco a poco abandonadas por los mismos cuestionamientos incisivos de la prensa, se optó por desaparecerlas, y ahora la pretensión es retomarlas, en un espectro coyuntural para ver si de nueva cuenta dan resultado. Las estrategias de comunicación, por mejor intencionadas y diseñadas que parezcan, no sirven si el accionar gubernamental no puede sustentar las palabras. Ahí la clave, no es culpa de la prensa, es la congruencia del gobernante, del diputado, del funcionario.

Ahora, la inseguridad también hace su labor. Algunos compañeros son acosados, les mandan mensajes indirectos o son observados a lo lejos, incluso muy, muy de cerca al grado de seguirlos de forma descarada. Es forma de censura extraoficial pareciera la más peligrosa pero no lo es, porque su modus operandi obedece a la violencia. La institucional es la más dañina, puesto que pretende encausar de forma “legal”, el silencio de los medios, pero en este contexto nadie es inocente, sólo aparentan para no quedar mal ante la opinión pública, pero, son sus propias acciones las que exhiben ignorancia, indolencia, cinismo, flojera, desfachatez.

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