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No en mi nombre: Por qué la defensa de los derechos económicos y sociales no debe dejar de lado otros derechos humanos


No en mi nombre: Por qué la defensa de los derechos económicos y sociales no debe dejar de lado otros derechos humanos

Por Mara Muñoz

Plantearse qué problemas sociales y humanos deben comprometer la construcción de una nueva ética que pueda ser factor real en la política nacional desde una visión de izquierda, necesariamente nos lleva a una pregunta básica ¿Qué tipo de oposición le conviene más al régimen, una izquierda heterodoxa y plural o una sectaria y ortodoxa? La respuesta radica en qué queremos conseguir en el juego democrático electoral: el poder por el poder o la educación de todas y todos, incluyendo los actores políticos partidistas, en un marco de legalidad y derechos humanos.

Además, la respuesta a este cuestionamiento es fundamental porque de ahí parte, no solo la estrategia para arribar al poder político, sino el camino que se va construyendo en el trayecto para dejar de lado el infortunio de campañas electorales como sinónimo de malversación de recursos públicos, clientelismo y guerras abyectas, para pasar a un proceso democrático cuya principal labor sea despertar el debate en la opinión pública sobre temas nodales  para una sociedad incluyente.

La distinción política de una izquierda progresista debe estar en el combate a la exclusión con la inclusión de otras y otros sujetos políticos que vean en esta expresión democrática un camino viable para hacer oír su voz, sus demandas, para  educar en el camino de la política a una sociedad que por siglos ha sido ciega ante la pluralidad y el juego democrático limpio. Necesitamos que en discurso y estrategia, la izquierda tenga claro su papel histórico como movimiento democratizador del más profundo talante, ese que transforma la cultura como sistema de símbolos que se manifiesta en instituciones formales e informales y en acciones individuales y colectivas.

La democracia no puede existir sin la voz de las mujeres, una voz consciente que se incluya no como expresión de una clientela más, sino como grupo con agenda que ponga en la mesa las consecuencias de un sistema patriarcal que además de las exclusión por razones económicas, debido a la nula valoración pública del trabajo doméstico y la aportación de las mujeres en todos los ámbitos, revise problemas tan severos como la trata de personas, la violación y el feminicidio. No en mi nombre, me niego rotundamente a un juego de intereses que se dicen democráticos excluyendo nuestra visión, postergando nuestras necesidades como mujeres.

Cuando creíamos superada la vieja consigna de que con el cambio de modelo económico vendría la liberación de las mujeres, la sociedad es testimonio de retrocesos en aquellos países que alguna vez se dijeron comunistas con el arribo de una clase política que devalúa lo femenino. Los cambios de raíz solo se pueden dar si educamos a cada paso, si informamos y debatimos públicamente la preminencia de luchar no solo por los derechos sociales y económicos de las personas, sino además por otros derechos humanos con el derecho a una sexualidad y reproducción libre e informada, el derecho a una vida libre de violencia, el derecho a no ser cosificadas por un sistema que independientemente de fronteras e ideologías ha resultado excluyente para nosotras las mujeres y nuestras demandas.

Es evidente que hay que sostener una visión global de los problemas sociales y eso solo se puede lograr con la defensa de los derechos humanos como principal objetivo de la democracia, no perdamos de vista que ante la pluralidad el único discurso que puede poner de acuerdo a las diversas corrientes ideológicas e intereses políticos progresistas, es el de la defensa de los derechos humanos de las personas.

Somos muchas las mujeres y los jóvenes que esperamos que las y los actores políticos que participan en la arena electoral o que quieren influir en la vida política y social no olviden una agenda que revise las trampas del discurso hegemónico del desarrollo, que ignora las consecuencias de prometer una sociedad empoderada como resultado del acceso a la vida consumista. No en mi nombre, no acepto que ese sea el objetivo de una visión cortoplacista que comprometa el futuro del planeta y de las expresiones culturales que cohabitan en él.

México es un país plural y como tal merece ser tratado. La voz de las minorías debe ser el antídoto a la tentación de una hegemonía ideológica que solo sirve para acceder al poder por el poder mismo, ignorando el llamado histórico a una democracia real en el que todas y todos estemos incluidos. Porque al régimen corrupto le conviene la ignorancia, las izquierdas deben actuar en consecuencia, cambiando la cultura que cosifica a las personas y las mantiene en la periferia por razones de género, raza, preferencia sexual o posición económica, siempre al margen del bienestar social.

 

 

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