Zacatecas y sus noticias reales

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Castran a la verdad matando periodistas


Castran a la verdad matando periodistas

Por Norma Galarza

Dice la frase que “no se mata la verdad matando periodistas, y es cierto, la verdad sigue ahí, departiendo en los pasillos subterráneos de la realidad, maquillada, a la vista, pero sin encontrar los ojos que la descifren, o que la quieran descifrar.

La verdad no se mata, es peor, la verdad se castra, y eso es lo que tenemos – y quizá lo que merecemos- una verdad castrada.

Tenemos una verdad que conocemos o al menos intuimos, pero aprendimos a disimularla, porque aunque se paseé ante nuestros ojos, el pecado está en llamarla por su nombre. El pecado está en desnudarla, como lo hicieron Miroslava Breach hace semanas, Sonia Córdova y Javier Valdez el lunes; hasta llegar a 100 periodistas masacrados desde el 2010 y odio decirlo; los que faltan. La realidad nos alienó, esa que denunciaron todos ellos y a quienes ponerle nombres y apellidos, les costó la vida.

Al resto de los periodistas vítimas de la guerra de la ceguera no los conocí.  A Javier  sí, hace pocos meses, durante la conferencia que ofreció en mi querida Unidad Académica de Economía.  Fue uno de esos encuentros fortuitos, breves y agradables. Yo que soy una simple aprendiz de éste “el oficio más bello del mundo” como dijera Gabriel García Márquez, quedé marcada por la pasión que Valdez Cárdenas le imprimía a su quehacer.

Era un personaje que representaba cabalmente al espíritu norteño; franco, malhablado y pese a que las historias que relataba hablaban de impunidad, de corrupción y de casos sin resolver, escucharlo daba una sensación de esperanza, de que no todo estaba perdido.

¿Ganaron zanjando la vida de éstas mujeres y hombres que no se conformaban con dar la noticia sino que la escudriñaban sin importar las consecuencias? A veces pienso que sí. Sonia, Javier, Miroslava, Rubén, pasarán a la lista de los mártires que  no contribuirán a sacudir a nuestro pueblo pasmado que ante el escarnio descarado de la impunidad cuya memoria entierra rostros inocentes en el lugar más recóndito del olvido.

En México no sólo se mata periodistas sin que pase nada, se mata mujeres, hombres niños y niñas y seguimos apostándole a la apatía. Quizá nos cansamos de que nuestras palabras no encontraran eco ante un evidente narcoestado al que, al  parecer, le bastaron poco más de 10 años de barbarie para anclarse en el cuerpo de esta bella nación como un cáncer maligno. Al asesinar a Rubén, a Miroslava, a Sonia, a Javier, a Cecilio, nos mataron un poquito a todos.  Vagamos muertos.

Mientras México se desgarra a pedazos, seguimos vagando en lo superfluo, viralizando lo intrascendente y despreciando lo importante. Construimos un caparazón  para protegernos del dolor que causa la verdad, pero, por desgracia ese caparazón que nos individualiza, nos está dejando solos muy solos, como dejamos a Javier y a tantos más periodistas que dieron su vida por exhibir la verdad  que nos aferramos en ignorar.

 

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