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Políticos, deberían estudiar Filosofía


Políticos, deberían estudiar Filosofía

Por Arturo Aguilar

Hace tres años una maestra, la escritora Maritza M. Buendía, me invitó a la presentación de un libro que creó en conjunción con dos profesores. Me obsequiaron, y a varios más, un ejemplar. Los temas resultaron interesantísimos. El primer ensayo del Ficcionario, cuyo autor se llama Rolando Alvarado, versaba sobre la filosofía. En esas líneas recuerda cómo Descartes ve a la duda como incentivo para el conocimiento, expone cómo el error viene a ser un momento angustioso para el hombre: rompe con su sistema de creencias que preexistían a él mismo. El error deviene de una situación real, dificultosa, crítica. Llegado ese punto es menester que la conducta deba tomar nuevos cauces para evitar chocar con el error. Para ello propone reactivar la imaginación y el pensamiento comidos por la automatización. A la acción, evolutiva del pensamiento, de crear y contrastar hipótesis cada vez más lúcidas respecto a las anteriores para explicar y corregir los yerros conductuales se le denomina abducción.

En “El Arte como Artificio” Víktor Shlovski explica que la automatización se da cuando el ser humano está tan acostumbrado a algo que ya no lo percibe como nuevo. Propone el extrañamiento de los objetos o sea sacarlos del automatismo. Un ejemplo: a este tecleador le ha pasado que es consciente de la existencia de su refrigerador sólo hasta que éste deja de sonar. Como este dato hay muchos, desde la escala personal hasta la colectiva, nacional. En este país pasa que la conducta burlesca, escandalosa, opulenta, risible, ignorante y corrupta de la clase política es percibida como normal por la ciudadanía. Está automatizada.

Para llegar al empirismo social es suficiente con que se enlisten las cosas que vuelven al PRI un eterno retorno. Corrupción (la Casa Blanca, OHL e Higa, enriquecimiento ilegal de gobernadores –los Duarte, Borge, demandas contra Miguel Alonso… etc, etc, etc.), autoritarismo (cerrazón ante los reclamos sociales), presidencialismo (sumisión al Ejecutivo), entrega de riqueza nacional (la población más pobre, los magnates más ricos del mundo), aniquilación de empresas públicas (PEMEX, TELMEX, FERREMEX), matanzas (68, “Halconazo”, Atenco, Acteal, Aguas Blancas, Apatzingán, Ayotzinapa, Tlatlaya), fraudes (1988, 2006, 2012), devaluaciones, ecocidios, inflaciones, mafias, todas estas fallas del partido en el poder y sus aliados demuestran cómo el neoliberalismo desde su implementación nos tiene metidos en un vórtice de muerte.

El texto de Shlovski aún tiene vigencia. En nuestro país podemos entreverla en la aceptación tácita (que debo decir, poco a poco se disipa porque veo y aplaudo que las personas cada día estén más vivas) de las conductas desviadas en la política.

Aquel interesante ensayo del Ficcionario enseña la importancia de ejercitar el pensamiento, la razón, la lógica, de lanzar hipótesis para intentar disminuir los fallos. Me alegra que mucha de la ciudadanía lea, desde textos literarios hasta teóricos, sin embargo el intento ponzoñoso de erradicar este hábito –por parte de quienes vislumbran la valía de las personas sólo como mercancía– busca que dejemos de hacerlo para así, además de no saber sus fechorías, evitar que salgamos de nuestro automatismo respecto a sus conductas ya habituales y que contrastando hipótesis sobre sus regencias nos demos cuenta de que no son aptos para gobernar, cosa corroborada a lo largo de la historia de México. La clase política y sus asesores, publicistas, tecnócratas, “acarreados”, contadores, “punteros” no harían mal en desautomatizarse, tomar un libro, escuchar a los ciudadanos, entender la abducción: lanzar hipótesis de por qué vamos tan mal y actuar.

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